Los conflictos de lealtad

Los divorcios siempre son una etapa complicada para todos, especialmente para las parejas que tienen hijos en común. Un divorcio supone pasar por una fase de cambio y pérdidas, se inician nuevas etapas y se forman nuevos núcleos familiares a veces monoparentales y en otras ocasiones familias reconstituidas, albergando a padrastros y madrastras con su familia extensa. Y una de las claves a partir de este punto es la necesidad de compartir la parentalidad de los hijos con tu ex pareja.

Es importante recordar que un divorcio no supone un punto y final en el marco de una relación entre dos personas y sus respectivas familias, sino un nuevo enfoque para su forma de relacionarse que vele por el bienestar emocional de sus hijos. La relación entre los padres no se destruye, sino que se transforma.

La presión por elegir un punto de vista

Si bien los divorcios marcan la transición en la relación entre padres hacia un punto de coparentalidad, la relación de los hijos con sus progenitores debe de quedar siempre intancta. Un conflicto de lealtad se origina cuando uno de los dos progenitores presiona a los hijos a cree su versión sobre el divorcio, su punto de vista sobre el otro progenitor, llenar el vacío que la separación y el cambio procuden, etc. para que decidan de parte de quién están. La responsabilidad de los adultos no sólo es velar por el bienestar físico de los hijos, sino también emocional, y parte de ese trabajo reside en mantener intacta la opinión positiva que tienen de sus padres.

Cómo el conflicto de lealtad daña a los niños

El proceso de divorcio genera estrés en los hijos, dudas sobre cómo se desarrollará su nueva vida o si alterará de forma significativa sus rutinas, hábitos y amistades. Los adultos podemos aliviar esa sensación de incertidumbre e inseguridad estando a su lado y explicándo la situación de forma neutra. Cuando uno de los dos padres se deja llevar por sentimientos de celos, dolor, pena, soledad o miedo, puede forzar a su hijo a elegirlo a él como padre predilecto por encima del otro progenitor, induciéndo un conflicto de lealtad en el niño y obligándole a desarrollar un rol paternal con el mismo.

Esta situación produce en el corto y medio plazo estrés, preocupación y confusión sobre el valor de sus padres y enseña formas nocivas de relacionarse en sociedad.

Los niños sienten estrés al no poder complacer a ambos padres a la vez y esto les produce preocupación sobre cómo deben de comportarse en diferentes situaciones. Esta concentración en tareas no apropiadas para sus capacidades drena su energía y produce que no sea capaz de concentrarse en disfrutar de su tiempo con los amigos, de las tareas del colegio o incluso desarrollar problemas psicosomáticos o conductuales con otros niños a causa del estrés.

La responsabilidad es de los adultos

Aprender a divorciarnos de manera responsable por el bienestar de nuestros hijos, aislar sentimientos negativos sobre nuestra ex pareja cuando los menores estén envueltos en actividades con él/ella y fomentar de forma positiva la relación con ambos padres son tareas que los adultos debemos desarrollar para no dañar emocionalmente a los niños.

A pesar de las situaciones de roce y conflicto que se puedan generar por el reparto de vacaciones o decisiones sobre la custodia, aprender a gestionarlas al margen del ámbito doméstico nos llevará al éxito. Y compartir estas situaciones y herramientas con padrastros y madrastras serán clave para que la convivencia se desarrolle en harmonía.

En el próximo post daremos algunas claves para ponerlo en práctica,